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Hambre y amor

Hambre y amor
19/02/2018 TodoSalud

Las dos necesidades básicas del ser humano, según decía Sigmund Freud. El hambre se satisface con el alimento; el amor cumple nuestro deseo de ser alguien para otro.

Si no se es capaz de satisfacer el hambre, muere nuestro cuerpo; si no se puede amar, el deseo de vivir desaparece y la tristeza nos invade. Alimento y afecto se entremezclan desde el principio de nuestra existencia. La comida se inscribe en el terreno de la necesidad biológica; el amor, en el ámbito de los deseos que precisamos para sentirnos bien con el otro y con nosotros mismos. El amor nos hace humanos y somos capaces de sentirlo cuando reconocemos al otro como diferente, cuando hemos organizado nuestro psiquismo y hemos elaborado una subjetividad propia. Se aprende a comer y se aprende a amar.

Las dificultades con la alimentación son una manera de expresar sentimientos que no pueden ser dichos, así como un modo de exteriorizar emociones que no pueden ser reconocidas o afectos que, desde nuestro inconsciente, intentan manifestarse. La práctica sistemática de regímenes alimenticios puede estar al servicio de una necesidad de castigo, más que de una idea de protegerla salud. La obesidad puede representar el amor a otro y una forma de desamor hacia uno mismo, escondiendo una vinculación patológica con alguien.

Negarse a comer puede ser un intento de afirmarse internamente o una forma de expresar que la vida no tiene sentido si falta el alimento afectivo; puede esconder una tristeza o bien puede ser un modo de llamar la atención. Comer de forma compulsiva y descontrolada sirve, por lo general, para aliviar la angustia que se siente.

Desamor, abandono, culpa, rabia, celos, rivalidad, angustia o tristeza son algunos de los sentimientos que pueden estar intentando expresarse a través de los conflictos que se tienen con la alimentación. Cuando el espíritu se silencia, el cuerpo habla; cuando nuestra boca no pronuncia lo que sentimos, traga para aliviar la tensión emocional.

Conflictos con la comida

Las luchas internas son acalladas con frecuencia a base de llenarnos la boca de comida para no pronunciar palabras cuya carga emocional puede asustarnos; palabras que se refieren a cosas que no nos permitimos sentir. La boca que se cierra y se abre a la comida es la misma boca que quiere hablar. El orificio por el que penetran los alimentos es el mismo por el que salen las palabras. Con la comida conseguimos rebajar una tensión que nos molesta. El lenguaje está lleno de referencias a esta mezcla entre sentimientos y alimentación: “No me lo puedo tragar”, refiriéndonos a algo que rechazamos; “Se me revuelve el estómago”, cuando sentimos asco por algo; “Tengo mariposas en el estómago”, cuando tenemos angustia.

Necesitamos comer para no morir y deseamos comer para vivir. Cuerpo y mente, hambre y amor, se complementan y se acompañan mutuamente. Lo psíquico y lo somático se encuentran interrelacionados. ¿Conocemos estas interrelaciones o escapan a nuestro conocimiento?

Todos llevamos dentro un extraño que nos acompaña. Vivimos como si nos conociéramos, como si supiéramos bien cómo somos, pero no es así. Muchas veces nos comportamos de forma que, hasta para nosotros mismos, resulta misteriosa. Estamos habitados por un extraño que se ocupa de que se nos olviden cosas, que nos hace soñar, que nos hace comer más de la cuenta o que nos deja sin hambre porque nos invade con otras preocupaciones. En nuestra relación con la “alimentación emocional”, nos comportamos en ocasiones de forma contraria a la que nos gustaría. Así como a veces amamos a quien nos perjudica y no amamos a quien nos trata bien, en ocasiones comemos cuando no queremos hacerlo, mientras que, cuando debemos comer, no podemos. La voluntad y la razón se agotan ante atracones o inapetencias que no podemos dominar. El psicoanálisis llama “inconsciente” a este extranjero que vive dentro de nosotros y que determina nuestros más íntimos deseos.

La despensa imaginaria

Deseos, fantasías, carencias, sueños, ilusiones, afectos, ideales… De todos estos materiales se alimenta nuestra mente. Cuando nos sentimos bien con nosotros mismos, aceptamos también nuestros cambios vitales y, sobre todo, aceptamos nuestras carencias y dificultades. Ello es posible porque estamos bien alimentados desde un punto de vista psicológico. Cuando nuestra despensa imaginaria contiene los ingredientes necesarios para no pasar “hambre de amor” es como cuando nuestra heladera se encuentra razonablemente provista de los ingredientes necesarios para alimentar el cuerpo. Nuestro nivel de salud mental será equiparable entonces al de la salud física porque habrá un equilibrio entre lo que queremos y lo que conseguimos, entre cómo somos y cómo deseamos ser.

Nuestras fantasías, sueños y deseos tendrán unas proporciones adecuadas, lo que significa que hemos llegado a amar no sólo nuestra fuerza sino también nuestras debilidades. Si, por el contrario, mantenemos luchas internas por la distancia entre lo que queremos y lo que conseguimos -si nuestra subjetividad sufre; si no hemos conseguido elaborar nuestra historia afectiva-, es posible que nuestra despensa imaginaria se halle mal equipada. Quizá nos falten ilusiones o sueños, quizá se nos estén agotando las reservas de deseos y, en cambio, nos sobren carencias y tristezas. Entonces no será raro que intentemos tapar ese vacío interno saciándonos de comida. Cuando aparecen problemas con la comida, convendría reflexionar sobre qué estado de ánimo nos provoca el hambre o la inapetencia; qué deseos, ambiciones, decepciones o fantasías se ocultan tras esos actos que nos llevan a deglutir o a rechazar el alimento. Es inútil perder el tiempo y las energías controlando obsesivamente la dieta, cuando el peso del conflicto se desarrolla en el mundo de los afectos.

Descubrir el origen

La mejor receta para averiguar algo de lo que nos pasa con la alimentación, en caso de tener conflictos con ella, es pensar qué tipo de ansiedades nos llevan hacia la comida. Qué es lo que estamos sintiendo cuando salimos corriendo a abrir la heladera a ver que comemos y de qué conflictos podemos estar huyendo. Hay que investigar en la historia afectiva que hemos vivido.

Investigación de Vera Alaniz para TodoSalud
Fuente:
“Alimentación emocional. La relación entre las emociones y los conflictos con la comida”
Editorial Debolsillo
Autora: Isabel Menéndez
Psicóloga, Psicoanalista.

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